viernes, 28 de marzo de 2014

Compartiendo mi felicidad

La administradora del edificio nos da, al menos, un concierto de trova en la semana. Pone sus discos a todo volumen, empezando con canciones existenciales tipo "Gracias a la vida" y "Sólo le pido a Dios", y de ahí lo que venga. Lo cual me pone en el mood de escribir lo que sigue.

Es evidente que ella hace click con sus inquilinos de planta baja (es decir, nosotros). Aunque particularmente con mi señor esposo, porque él está mucho más impregnado de trovas, Serrat y Alberto Cortés. Lo trae en sus cimientos. Yo lo descubrí como consecuencia de los ambientes a los que he ido llegando en la vida. Para un espíritu cristiano y rebelde, ese tipo de música tiene un no sé qué de alegría, melancolía, protesta, deseos de cambiar el mundo... en fin, le dan al punto exacto. Nuestra casera, como he llegado a decir, está loca (loquísima), y ella misma lo sabe y lo dice. Se ha ganado mi respeto y mis carcajadas. Y me gusta que nos saca nuestro lado rebelde y filosofón cuando estamos con ella.

Pero, aunque parece que estoy hablando de ella, en realidad al personaje al que quiero llegar con esta entrada de blog es a mi esposo. No puedo esperar al aniversario para escribir acerca de lo que amo de él y lo que he ido descubriendo. Hoy quiero agradecerle a Dios porque me permitió conocer a un soñador, como yo, pero que tiene los pies en la tierra y me ayuda a aterrizar. A un rebelde, como yo, pero que planea cuidadosamente y me ayuda a no ser impulsiva en mis acciones para cambiar el mundo. A un amante apasionado de la vida y del amor, como yo, pero con el equilibrio necesario para trabajar conmigo en las cosas pequeñas que importan más en la vida cotidiana.

En fin, es capaz de escuchar a una esposa que llora por algo que vio o escuchó el día anterior, y reclama tiernamente que no sabía que fuera algo tan importante. Y aconseja, y abraza. Se casó con un corazón expuesto que se abre con todo. Yo me casé con un corazón con la costumbre de esconderse, aunque, gracias al amor que nos tenemos, siempre sale a la luz cuando estamos juntos.

Me casé con un esposo que, al mirarme con mi vestido de Éowyn, mi capa y mi espada, me hace declaraciones de amor y piropos. Ello, claro está, mientras él luce una vestimenta equivalente. Llegamos a las fiestas, y seguimos siendo los mismos bichos raros de siempre. El matrimonio y la procreación han completado el proceso de momentáneo aislamiento de nuestros contemporáneos. Vaya, el punto es que tengo a alguien que me acompaña. Un experto peregrino, que camina a pesar de todo, que mira a Dios en los momentos de dificultad, que se fortalece cada día.

...y aquí se acaba mi escrito. Mi procreación reclama leche matutina.

No hay comentarios:

Publicar un comentario